Consideraciones sobre el cuadro Face Paint de “Guillermo Solís Moreira”                                                                                      GuillASM 10

Cuadro nacido a raíz de paisajes de lo impreciso ...

Un pequeño cuadro, una gigantesca idea

Mucho se ha discutido en torno a si la noción aristotélica de la tabula rasa se extiende al terreno del arte. Es decir ¿se trata la obra de arte de una creación independiente, desligada de toda referencia ajena a sí misma? ¿o es más bien un producto totalmente condicionado al entorno histórico? Si bien es cierto, esta consideración puede no responder al problema artístico; sin embargo, parece sí determinar el trípode conformado por la obra, el autor y el espectador. Piénsese en una posición tal y como la de Huidobro (“el poeta es un pequeño dios”), que lleva al artista a fungir como demiurgo ante el mundo; o bien el surrealismo que hizo del artista una especie independiente y despreocupada de la opinión. En el extremo opuesto se encuentran manifestaciones en las cuales el artista hace que su obra parta de un entorno ya existente, del cual su público será inevitablemente parte; quizá el ejemplo más claro sea el realismo socialista.

Tal diálogo interno, acaso bizantino, es casi inevitable cuando se está frente al cuadro Face paint de Guillermo Solís. La mano del artista está presente, los trazos son contundentes y de una presencia indiscutible; sin embargo, el lienzo cobra tanta importancia como el trazo. Es común en la pintura el recurso del vacío, en cuanto espacio carente de objetos que le den peso a la composición. Ahora bien, si se piensa en términos del color, el vacío nunca ha abandonado realmente a la composición; quizá por ello suele utilizarse más a menudo el término fondo que vacío. Face paint parece ser la excepción: las formas aparecen de entrada y, justo cuando se pregunta por el fondo, se devela (en esta ocasión sí vale el término) un vacío. Pero no es un vacío físico, sino un artificio que emplea el artista para tornar la mirada hacia otro lado: hacia el lienzo, materia prima del pintor, tantas veces oculta por la pintura en sí.

En ese preciso instante se percata el espectador que la obra de arte es efectivamente un objeto, un grado más de existencia de la materia. Es un enfrentamiento obligatorio con la materialidad del arte, una desmitificación del mismo visto como edificio meramente intelectual, casi metafísico. Pero ante tal caída, el rebote es inevitable. Ya se cayó en cuenta que el material a tratar es el lienzo mismo, pero ¿cómo ocurre esto? Pues bien, allí es cuando nos devolvemos hacia el trazo.

Como si de geometría se tratase, debe mencionarse que la línea aquí es clave, pues de ella depende la generación de planos y subsecuentes espacios dentro del cuadro. Unas pocas líneas se extienden como ejes, haciendo evidentes tres planos principales, cada uno con una orientación opuesta a los otros. Es un duelo. Cada uno busca orientar la obra a su favor, como queriendo mostrar lo que se sale a los límites del marco. Pero el equilibrio se logra, los tres vectores coexisten. Aquella tela cuadrada y sin movimiento adquiere una nueva cara, es un objeto nuevo.

Tras ese golpe de bienvenida que nos da la obra, se hace necesario un examen de los detalles, de las líneas pequeñas. Es una labor casi policiaca, reconstrucción de un aparente caos. Poco a poco todo va tomando rostro(s), como siempre, quedan cabos sueltos; pero he allí la vitalidad de esta obra, que nos hace volver una y otra vez a su dominio.

Obras como Face paint son los motivos perfectos para pensar en el rumbo que ha tomado la pintura actualmente. Revela la necesidad del artista por hacer participar su creación como objeto, busca sus posibilidades materiales, hace valer aquello de arte plástico. El recurso del color plateado es otro gran mérito, pues hace que la luz sea cómplice del cuadro, obligando al espectador a explorar nuevos ángulos. Se crea un efecto dominó: primero la luz, después el movimiento y, finalmente, el tiempo. El cuadro ya no es plano, sino que tiene sus aristas, es casi escultórico. Face paint no da la respuesta definitiva de si el artista se enfrenta o no a la tabula rasa, pero sí nos inmiscuye en un juego, acaso en un círculo vicioso, de debatirnos entre el vacío y la materia.

Diciembre, 2010. William Pérez Porras.

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