Los Miserables

Publicada en 1862, es para muchos la mejor novela de Victor Hugo. Podría hablarse de «Los Miserables» como el equivalente francés de «Guerra y Paz» (ambos tratan las conquistas napoleónicas y poseen una estructura casi operística).

No destriparemos la trama, bastará decir que es la historia de un hombre, ex-criminal que huye de su pasado, perseguido por el peso de la ley ciega personalizada en Javert. Valjean huye con su hija adoptiva (Cosette) y así conocen a Marius (especie de héroe revolucionario). Mejor no demos más datos.

Más de mil páginas, personajes por doquier, construcción operística… Todo esto hace de «Los Miserables» una de las obras más importantes del siglo y explican las circunstancias históricas que llevaron a esta época a ser «la cuna de todas las revoluciones». Es un ambiente triste en donde la política parece impregnarlo todo, una Francia eco y centro de Europa, pero es también un lugar injusto en el que los murmullos del primer romanticismo inglés llegan con especial trascendencia.

Podríamos elegir para explicar el romanticismo, tal vez, «Don Juan» (Byron) o «Werther» (Goethe), pero es quizá en «Los Miserables» donde mejor se dan cita todos los elementos comunes a este movimiento que cambió el modelo literario para siempre. Hugo es, gracias a esta obra, el más perefcto ejemplo del romanticismo literario. Hugo era un apasionado de Beethoven, de los grandes pintores como Delacroix… pero también de las grandes arquitecturas de los clásicos y de los versos de Virgilio.

La historia de Jean Valjean es la historia del siglo, de un siglo marcado por la miseria y el idealismo, por la pervivencia de los viejos valores y el advenimiento de un mundo nuevo. Así, Hugo toma los esquemas clásicos y los revierte, formando así personajes tan modernos como universales. Es Valjean espejo de su tiempo; Cosette ese ángel romántico eterno, herencia de toda la tradición clásica medieval; tenemos también a Marius, idealista hijo de su tiempo y contrapunto al clasicismo que suponen Valjean y Cosette.

Por otro lago tenemos el personaje integrador y que hace que la trama fluya: Javert. Ni siente ni padece, y parece ser sólo es producto del funcionariado y del deber. Inhumano, Javert perseguirá a Valjean sin descanso, y así los ecos del antiguo sistema morirán con él (en el único final posible de un tiempo que habría de culminar con la revolución de las viejas normas). Javert representa los tiempos que están a punto de morir (cierto que Hugo peca en la mayoría de sus obras de ese idealismo lírico tan francés).

¿Un Donizetti literario? No, la música son las palabras, los coros acuden con fuerza a recordar a Valjean su pasado. Pero Valjean va más allá del modelo esquemático, como al final irá el mismo Javert que comprenderá, conseguido su objetivo, su verdadera fuerza dramática.

Pero la bondad tampoco sobrevive, como el mismo Foebus ha de morir a manos de la maquinaria eclesiástica. Valjean ha pasado toda una vida huyendo (lleva bajo su espalda el grave peso de robar una vajilla de plata) y no ha podido disfrutar de su posición social adquirida con esfuerzo. Y es que el pasado no puede ser borrado, y siempre será una herencia que pesará sobre nuestra política: el cáncer de Roma sigue vivo en nuestras conciencias actuales

¿Qué nos sigue fascinando de esta obra? «Los Miserables» puede ser vista desde muchos puntos de vista, y así la obra es disfrutada por amantes del dato histórico (se recuerda más el retrato napoléonico de Hugo que el del mismísimo Tolstoi), así como el teatro, la ópera o la literatura clásica. «Los Miserables» es uno de esos ejemplos de obra total que pervivirá en los siglos gracias, no a sus hallazgos estilíscos o capacidad lírica, sino a la suprema humanidad de unos personajes tan divinos como humanos, tan idealistas como miserables…

En aquella miseria maravillosamente exaltada, un anciano puso pluma a los tiempos, sus tiempos. El siglo del romanticismo, el siglo de Hugo, centenario, narrador y autor de su mejor novela: Victor Hugo.

 

Martin Cid.

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